OPINIÓN

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El avance del 5G en Perú, con más antenas y contratos para nuevos espectros, promete alta capacidad y baja latencia. Foto: difusión.

4 Ago 2026 | 15:37 h

El reto del 5G no es la velocidad, es el alcance

Durante las Fiestas Patrias, millones de peruanos dependen de una infraestructura de telecomunicaciones vital que gestiona tanto saludos como servicios esenciales en simultáneo.

Estos días, con las Fiestas Patrias, millones de peruanos viajan, se saludan, transmiten y comparten casi al instante desde miles de pantallas en simultáneo. Detrás de esa experiencia, tan cotidiana que ya la damos por sentada, hay algo que casi nadie ve y que, sin embargo, lo sostiene todo: una red que no puede fallar. Y esa misma red no solo carga con el feriado y la alta demanda de conectividad: es también la vía por la que se gestionan trámites esenciales, servicios ciudadanos y canales de atención prioritaria.

Lo interesante no es solo el feriado, sino lo que revela. Una jornada de alta demanda es, en el fondo, una enorme prueba de estrés para la conectividad: multitud de dispositivos exigiendo datos al mismo tiempo, sin margen para la interrupción. Y esa misma infraestructura que hoy transporta un saludo por Fiestas Patrias es la que mañana debe sostener una operación minera, una clase a distancia o una consulta médica en una zona alejada. La conectividad dejó de ser un lujo para volverse infraestructura crítica.

Por eso el despliegue del 5G en el Perú importa más de lo que sugiere cualquier titular. El país multiplicó en pocos años sus antenas de quinta generación y firmó, en diciembre de 2025, los contratos para el uso del espectro en la banda de 3.5 GHz. El 5G aporta lo que los grandes eventos y las industrias exigen: alta capacidad y baja latencia, respuestas casi instantáneas. Su avance, coinciden los especialistas, será gradual: el primer gran impacto vendrá de la inversión y de los usos industriales como minería, puertos y salud, entre otros. Y conviene recordar que la mayor parte de esas antenas necesita redes de fibra óptica que las alimenten: sin esa columna vertebral, no hay 5G que valga.

El avance del 5G en Perú, con más antenas y contratos para nuevos espectros, promete alta capacidad y baja latencia. Foto: difusión.

El verdadero desafío radica en cerrar la brecha de despliegue de infraestructura y demanda. Foto: difusión.

Ahí aparece el verdadero desafío peruano. No basta con instalar antenas: existe una brecha de despliegue, pero también una de demanda. Hay zonas que ya cuentan con cobertura donde, aun así, la conexión no se traduce en oportunidades, a menudo porque el servicio es difícil de costear. Y desplegar es más rentable en las ciudades que en el campo, donde la dispersión de la población encarece cada nueva red. El país no parte de cero: ha construido herramientas que llevan la cobertura adonde el mercado no llega solo, como el Canon por cobertura, un mecanismo que promueve el Ministerio de Transportes y Comunicaciones y que permite destinar parte del pago por el uso del espectro a ampliar redes e infraestructura compartida. El diseño existe; falta que funcione con la agilidad que el despliegue exige.

Un gran evento o una jornada de alta demanda dura unas horas o unos días; la infraestructura de telecomunicaciones que lo hace posible se construye en años y exige certezas. Esa es la lección para el Perú: el desarrollo y ampliación de la conectividad es posible con regulación moderna y predecible que de confianza a quien invierte a largo plazo. La propia experiencia nacional lo confirma: cuando las reglas se estandarizan y simplifican, el despliegue se acelera; cuando se multiplican trámites y demoras, la brecha se ensancha. El reto no es regular más, sino regular mejor: menos fricción y más previsibilidad para que la señal alcance por fin al aula rural y al hospital regional. La mejor política de inclusión digital es, muchas veces, la que despeja el camino.

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