Decidida labor comenzó en el año 200, como un esfuerzo comunitario.Familia reforestó especies nativas que cumplen un papel esencial, pues sostienen cadenas biológicas enteras de insectos, aves, suelos y humedad.
Ejemplo a seguir. Una decidida familia decidió plantar más de 37.000 árboles nativos en el territorio indígena de Térraba, en Costa Rica, a fin de revivir un bosque que, como tantos otros, había quedado prácticamente devastado por la deforestación producida por la tala indiscriminada, la expansión agrícola y el crecimiento urbano.
Se trata del ciudadano Paulino Nájera Rivera y sus familiares, quienes decidieron enfrentar la pérdida de los bosques con una acción persistente, acompañada de mucha paciencia y esfuerzo.
Lo que comenzó en los años 2000 como un esfuerzo comunitario se transformó en el Rincón Ecológico Cultural de Térraba, un espacio donde la tierra herida por la tala empezó a sanar. La iniciativa no fue un proyecto millonario, sino una decisión colectiva y constante de devolver vida a zonas degradadas.
La estrategia de la familia Nájera Rivera se basó en plantar árboles y recuperar un sistema natural completo. Las especies nativas cumplen un papel esencial, pues sostienen cadenas biológicas enteras de insectos, aves, suelos y humedad.
La iniciativa tuvo como punto central a la diversidad, a diferencia de las plantaciones comerciales, donde predomina una sola especie. Las miles de variedades nativas representan distintos ritmos de crecimiento, resistencias climáticas y funciones dentro del ecosistema, lo que permite que el bosque recupere su estructura natural.
Con el paso del tiempo, los cambios se hicieron evidentes. El suelo recuperó humedad y nuevas capas de vegetación comenzaron a crecer, y la fauna regresó, reocupando espacios que habían quedado vacíos. Además, este proceso lento y silencioso demuestra que la naturaleza responde a la constancia humana. Cada árbol plantado es parte de una red viva que vuelve a recomponerse.
La decisión de plantar miles de árboles no es solo ambiental, sino también cultural y social. Es una forma de resistencia frente a la pérdida y un ejemplo de que el daño puede revertirse si existe continuidad y compromiso.
La familia de Nájera Rivera convirtió la reforestación en un modelo de vida comunitario, donde la acción colectiva fortalece la identidad y el vínculo con la tierra.
A nivel del Perú, marcado por la creciente presión sobre los bosques amazónicos, los ministerios del Ambiente (Minam) y de Desarrollo Agrario y Riego (Midagri) reforzaron su coordinación para enfrentar el flagelo de deforestación, uno de los mayores desafíos ambientales del país.
En el marco de la implementación de la Declaración Conjunta de Intención (DCI), ambas entidades reafirmaron su compromiso de trabajar de manera articulada para proteger los ecosistemas forestales y promover un desarrollo sostenible en las regiones amazónicas.
Durante una reunión de alto nivel, la viceministra de Desarrollo Estratégico de los Recursos Naturales, Carmen Vegas, y el viceministro de Políticas Agrarias, Jorge Sáenz, coincidieron en la necesidad de consolidar una intervención integral que permita responder de forma eficaz a las múltiples amenazas que enfrentan los bosques, como la expansión agrícola desordenada, la tala ilegal y las actividades extractivas informales.
El avance de la deforestación en el Perú no solo pone en riesgo la biodiversidad, sino también compromete los medios de vida de miles de familias que dependen directamente de los recursos forestales. En ese escenario, la DCI se posiciona como un instrumento clave para alinear políticas públicas, optimizar recursos y canalizar financiamiento climático internacional hacia acciones concretas en el territorio.
Ambos sectores destacaron que la coordinación permitirá mejorar la planificación del uso del suelo, promover prácticas agrícolas sostenibles y fortalecer la presencia del Estado en zonas críticas, donde históricamente la intervención ha sido limitada o fragmentada.
Uno de los ejes centrales del acuerdo es el fortalecimiento de la gobernanza territorial. Esto implica no solo la participación activa de los gobiernos regionales y locales, sino también la inclusión de comunidades indígenas y poblaciones rurales en la toma de decisiones sobre el manejo de sus territorios.
Como se sabe, la deforestación es un terrible fenómeno generado por la tala indiscriminada, minería ilegal, cultivos ilegales e incontrolados, incendios forestales, entre otros, que no pueden ser controlados a pesar de los esfuerzos desplegados por las autoridades. El fenómeno se replica en toda la región, con mayor o menor intensidad, en perjuicio de miles de hectáreas de bosques y el medioambiente en general.