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16 Oct 2026 | 11:44 h
La violencia escolar puede iniciar con bromas o insultos que, sin intervención, escalan a agresiones graves. Más de 11.000 casos han sido registrados hasta 2026.
La violencia escolar puede comenzar con burlas, insultos o comportamientos que parecen inofensivos, pero que, cuando se repiten sin consecuencias, pueden escalar. Detrás de los episodios más graves existen dinámicas que pasan inadvertidas y plantean una pregunta importante: ¿qué está fallando en la respuesta de los colegios?
Hasta agosto de 2026, la plataforma SíseVe del Ministerio de Educación (Minedu) registró más de 11 mil casos de violencia física, psicológica y de carácter íntimo en las escuelas. De estos, más de 2 mil correspondieron a agresiones íntimas.
Para Eduardo Franco, profesor del Departamento de Psicología y especialista en desarrollo socioemocional, las agresiones graves pueden ser el resultado de comportamientos que aumentan progresivamente cuando nadie interviene.
"Nosotros terminamos viendo estas conductas cuando ya son catastróficas, pero muchas veces hay señales muy pequeñas desde que los niños son chicos y las agresiones suelen ser de más leves a grandes", explica.
Noelia Rodríguez, profesora e investigadora del mismo departamento, advierte que identificar esas señales sigue siendo una dificultad en numerosos centros educativos. "De nada sirve tener un protocolo si las personas no hacen un seguimiento de su implementación", señala.
Durante la adolescencia, la aceptación social puede influir en la manera en que los jóvenes se relacionan. Franco explica que algunos recurren a las agresiones para ganar reconocimiento dentro de su grupo, mientras que las risas y la aprobación de sus compañeros pueden reforzar esas conductas.
"Se necesita enseñar a los jóvenes que no se aplauden las agresiones, los insultos, los golpes ni las molestias hacia los demás", sostiene el especialista. Por ello, considera importante que defender a una víctima también sea una conducta valorada entre los estudiantes.
Denunciar, sin embargo, no siempre resulta sencillo. El temor al aislamiento o a sufrir nuevas agresiones puede llevar a las víctimas y a los testigos a guardar silencio. Rodríguez advierte que, cuando los estudiantes temen que denunciar no tenga consecuencias o incluso los perjudique, las instituciones les están fallando.
La prevención requiere un trabajo constante y no solo charlas ocasionales. Rodríguez plantea que el respeto debe formar parte de la convivencia diaria, mientras que Franco destaca la importancia de investigar las denuncias, proteger a las víctimas y hacer seguimiento a cada caso.
Uno de los obstáculos es la falta de recursos especializados."Muchos colegios cuentan con solo uno o dos psicólogos para atender poblaciones escolares numerosas", advierte Franco.
Frente a ello, el especialista propone fortalecer los equipos de atención y garantizar que los reportes registrados en SíseVe se traduzcan en medidas concretas. Rodríguez recuerda que escuchar a la víctima sin culpabilizarla ni minimizar lo sucedido es fundamental para brindarle seguridad.
La respuesta al bullying exige que colegios, familias y autoridades actúen de manera coordinada para detener las agresiones y evitar que se repitan.
Por ello, prevenir la violencia escolar requiere más que protocolos: es necesario garantizar que cada denuncia reciba atención y que los estudiantes puedan pedir ayuda sin temor. La magnitud de este problema también se refleja en el aumento de los reportes registrados en el país, una situación que pone en evidencia la urgencia de fortalecer las medidas de prevención y protección en las escuelas.