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06 May 2026 | 14:44 h
Resulta contradictorio que, aunque el PBI aumentó un 10,8% en los últimos seis años, la pobreza sea actualmente 5,5 puntos mayor que antes de la pandemia. El problema es que este crecimiento no es equitativo: se queda lejos de los sectores más vulnerables. Además, las estrategias del Estado peruano se han quedado estancadas en una visión rural, ignorando que ahora la pobreza se concentra en las ciudades.
La brecha se está cerrando, pero por las razones equivocadas: antes, el campo era mucho más pobre que la ciudad; actualmente, Lima ya supera en pobreza a cinco departamentos y su nivel de carencias es casi tan grave como el del ámbito rural.
La inseguridad alimentaria es el reflejo más crudo de esta crisis. En Lima, el 41,6% de los hogares no consume las calorías mínimas para estar saludable. Esta situación impacta especialmente a los niños, quienes pueden sufrir anemia, desnutrición y dificultades en su crecimiento y aprendizaje.
A diferencia de quienes viven en el campo y pueden cultivar parte de sus alimentos, el limeño depende totalmente de sus ingresos, que cada vez están más ajustados debido a:
Al final, cuando el dinero no alcanza, las familias se ven obligadas a recortar el monto destinado a los alimentos.
El alto costo de vida y los bajos ingresos agravan el hambre en la capital. Foto: IAEsta situación deja claro que el crecimiento económico por sí solo no es la solución. Se necesitan programas sociales que entiendan la realidad urbana y políticas laborales que castiguen la informalidad. Si no se ajusta el rumbo, el costo de vida seguirá devorando el bienestar de millones de familias.
El alto costo de vida y los bajos ingresos agravan el hambre en la capital. Foto: Envato