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22 Jun 2026 | 17:01 h
La diabetes tipo 1 obliga a cientos de familias peruanas a enfrentar diagnósticos tardíos, altos costos y fallas de abastecimiento en el sistema de salud.
La diabetes tipo 1 no siempre avisa con años de anticipación ni se previene con cambios de hábitos. En Perú, esta enfermedad autoinmune transforma la rutina de cientos de familias de la noche a la mañana y las obliga a afrontar un sistema de salud centralizado, con diagnóstico tardío y serias grietas en el abastecimiento de insulina.
Imagina que tu hijo de 8 años empieza a tomar más agua de lo normal, va al baño seguido y pierde peso. Lo asocias al cansancio o al clima, pero días después termina en emergencia con una descompensación severa. Esa es la historia real de Mateo y de cientos de niños en el país que llegan al hospital con diabetes tipo 1.
A diferencia de la tipo 2 —que suele avanzar despacio durante años—, la tipo 1 es una condición autoinmune agresiva. Ocurre cuando el propio cuerpo ataca al páncreas y lo deja sin capacidad de producir insulina. Aquí no hay plan B: depender de esta hormona es un asunto de vida o muerte desde el primer día.
El gran problema en Perú es que las autoridades parecen no advertir su dimensión. Según los datos oficiales de vigilancia sanitaria, a mediados de 2025 se registraron 26.495 casos de diabetes en el país, pero solo 170 correspondían a la tipo 1 (un diminuto 0,64%).
Especialistas y agrupaciones como la ONG Lucas, Una Misión de Vida advierten que este número es engañoso. El país carece de un registro nacional real. Sin saber cuántos pacientes existen exactamente, es imposible planificar la compra de medicamentos o diseñar una atención pública eficiente.
Mantener a un niño con diabetes tipo 1 cuesta entre S/1.500 y S/1.600 mensuales. El impacto es tan fuerte que, por lo general, uno de los padres se ve obligado a renunciar a su empleo para aprender a medir la glucosa, contar carbohidratos y reorganizar la rutina familiar.
Si el diagnóstico de esta enfermedad autoinmune es complejo en la capital, en las regiones se vuelve aún más difícil. El sistema de salud está tan centralizado que los médicos de la periferia o de zonas alejadas de Puno, Huancavelica o Loreto raras veces sospechan de la enfermedad por su baja frecuencia. Un niño con diabetes tipo 1 puede terminar tratado por una gastritis o una infección común, sin advertir que corre el riesgo de sufrir una cetoacidosis (una complicación potencialmente mortal).
A este panorama se suma una crisis crítica: el desabastecimiento. Colectivos de pacientes llevan meses denunciando la falta de insulina tanto en boticas privadas como en el sector público.
Por si fuera poco, las decisiones políticas recientes tampoco ayudan. Diversas asociaciones han expresado su rechazo a un predictamen en la Comisión de Salud del Congreso que busca dejar fuera a los pacientes de las evaluaciones de tecnologías sanitarias, lo que consideran un retroceso en transparencia y acceso a tratamientos modernos.
Con un tratamiento continuo y seguro, cualquier persona con diabetes tipo 1 puede tener una vida larga, plena y feliz. Sin embargo, para que niños como Mateo miren al futuro con tranquilidad, el Estado peruano debe garantizar primero lo más básico: el derecho a no ser invisibles.
Con un tratamiento continuo y seguro, cualquier persona con diabetes tipo 1 puede tener una vida larga, plena y feliz. Sin embargo, para que niños como Mateo miren al futuro con tranquilidad, el Estado peruano debe garantizar primero lo más básico: el derecho a no ser invisibles. Cuando el sistema falla en reconocer y atender estas enfermedades, se abre paso a otro problema igual de urgente, pero más extendido en el país: la anemia en Perú, una epidemia silenciosa que afecta a niños, mujeres y pacientes con cáncer.