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Mientras la gastronomía peruana triunfa en el mundo, miles de familias aún luchan por garantizar un plato de comida cada día. Foto: IA

Perú: mejor cocina del mundo, pero con el peor índice de hambre

01 Sep 2026 | 16:47 h

En los últimos años, el país se ha consolidado como un referente gastronómico mundial, celebrado en los certámenes más prestigiosos del mundo. Sin embargo, el acceso diario a una alimentación adecuada se ha deteriorado a niveles alarmantes. La inseguridad alimentaria y la desnutrición han ganado terreno silenciosamente tanto en zonas rurales como en las grandes ciudades, abriendo una profunda brecha entre la imagen que el país proyecta hacia afuera y la urgencia nutricional que padecen miles de familias puertas adentro. Para entender esta paradoja, es necesario analizar cómo se vive esta emergencia en distintos puntos del territorio nacional.

El éxito culinario frente a una dura alerta alimentaria

El país vuelve a posicionarse con fuerza en el mapa internacional gracias a su presencia en los World Travel Awards Sudamérica 2026, donde compite nuevamente como Mejor destino culinario de Sudamérica, un galardón que ya ha conquistado en doce ocasiones desde el año 2012.

No obstante, el Índice Global del Hambre 2025, elaborado por la red Alliance 2015, ubica al país en su registro más crítico de los últimos 15 años. Al evaluar variables como la mortalidad infantil y los índices de desnutrición crónica y aguda, especialistas como Lucas Dourojeanni, vocero de Welthungerhilfe, advierten que la nación ha retrocedido a niveles comparables a los de hace una década, alejándose de metas globales como Hambre Cero hacia 2030.

La lucha en las alturas: el trueque y el pastoreo en Arequipa

A unos 5.000 metros sobre el nivel del mar, en la comunidad de Chognihuaki (distrito de Cayarani, Arequipa), el sustento diario no depende de los mercados tradicionales. Pobladores como Basilia Ancasi, de 36 años, dependen del pastoreo de alpacas para subsistir. Con un rebaño de cerca de cien ejemplares, vende unos veinte al año a un precio promedio de 250 soles cada uno, obteniendo apenas unos cinco mil soles anuales.

Para llevar alimentos como papa o chuño a la mesa, el trueque es la vía principal, un camélido suele cambiarse por un saco de cinco arrobas de papa. Esta economía de subsistencia enfrenta, además, el aislamiento geográfico, la falta de luz eléctrica, una posta médica sin personal continuo y dificultades en la escuela local por el clima extremo y la migración juvenil hacia la minería.

San Juan de Lurigancho y el rol vital de las ollas comunes

La escasez no es exclusiva de las zonas rurales alejadas; también golpea con fuerza en la capital. En San Juan de Lurigancho, adultos mayores como Emilio Gaspar, de 71 años, reúnen alrededor de 15 soles al día recolectando y vendiendo plástico para alimentar a sus dos nietos cuando no hay servicio comunitario.

De lunes a viernes, su soporte principal es la olla común Señor de los Milagros, en la zona alta de Huáscar. Este espacio comunitario atiende a 56 vecinos que no han logrado recuperar la estabilidad económica tras la pandemia. A pesar de recibir insumos gubernamentales y municipales, carecen de servicios básicos como agua y luz. Según análisis del economista Gonzalo Manrique (IPE), la pobreza en Lima Metropolitana pasó del 14% previo a la pandemia a un 27%, evidenciando que el crecimiento económico requiere políticas públicas efectivas para traducirse en platos llenos para todos.

En San Juan de Lurigancho, las ollas comunes sostienen a familias afectadas por una pobreza en Lima que pasó del 14% al 27% tras la pandemia. Foto: IA

Mientras la gastronomía peruana conquista reconocimientos internacionales, miles de personas todavía enfrentan dificultades para llevar alimentos suficientes a sus hogares. Desde las comunidades altoandinas hasta las ollas comunes de Lima, la inseguridad alimentaria refleja un problema que va más allá de la falta de comida y que también está relacionado con la pobreza, el acceso a servicios básicos y las oportunidades económicas.